El texto es un
interesante y completo recorrido por la definición del concepto de cultura
popular. Al cual proponen abordar desde una perspectiva abstracta, diríamos
formal (fundamentalmente relacional), que luego es complementada por una
descripción más concreta, historizada y situada. El análisis crítico de las
definiciones y usos anteriores del concepto nos sirven para pensar no sólo la
cultura popular sino los estudios sobre cultura urbana. La construcción del
objeto de estudio “popular” parece haber corrido una suerte similar al de la
“ciudad”, especialmente si pensamos en los estudios de la Escuela de Chicago. A su
vez, la definición de lo popular, según se trasluce en el texto, parece estar
fuertemente asociada a lo urbano como su espacio de producción, circulación y
consumo. Creo que una fortaleza del texto es que deja sentado el tipo de
problemas teóricos que nos debemos plantear para abordar cualquier tipo de
subcultura urbana (cultura juvenil, cultura de la pobreza, cultura de las
elites).
Semán y Miguez (2006)
critican las perspectivas esencialistas, que parte de una concepción a priori
del sujeto popular, ya sea degradándolo por una condición de inferioridad prefigurada
o ennobleciéndolo como el portador valores tradicionales o emancipadores. En
cualquier caso critican los abordajes que interpretan la cultura popular como
algo ahistórico, ya dado, homogéneo y escindido de una estructura social. Plantean
que la cultura popular debe pensarse en principio como una forma cultural
diferente a otras, en tanto existen diferentes espacios sociales que producen
diferentes significaciones (producción, circulación y consumo diferencial de
las formas culturales). Y que a su vez se encuentra en relación con otras
culturas en una estructura social histórica determinada, donde las relaciones
de poder producen una asimetría en la distribución de herramientas culturales.
Los autores plantean entonces la paradoja de necesitar dar cuenta de esta
asimetría sin caer en un evolucionismo cultural. Es decir, poder nombrar el
lugar de subordinación de la cultura popular sin por eso naturalizar este
espacio en la jerarquía social. Reconocer este espacio de subordinación plantea
muchos inconvenientes, especialmente porque puede llevar a interpretar todo
aspecto de la cultura popular desde el supuesto de la “carencia” o
“degradación”. Llevando estas recomendaciones al terreno del análisis de la
cultura urbana, podríamos pensar en autores como Park y Burguess (1925) quienes
definen la cultura en los espacios marginales desde la ausencia reglas morales.
Postura luego enmendad por Shaw y Mackay (1942) en tanto plantean no la
ausencia sino la presencia de un conjunto de valores específicos de esa población
en la noción de subcultura.
Esta postura
relacional de la cultura se complejiza a partir de la emergencia de una cultura
de masas, asociada en principio a las clases medias, pero de un gran impacto
simbólico en el resto de la sociedad. Tanto que compite con la cultura de elite
en su definición de la hegemonía cultural. En este escenario, lo popular
empieza a despegar de su definición socioeconómica (popular como espacio
social) y empieza a definir un rol político: el de operar como “negatividad” de
esa cultura de masas. Importará entonces menos el origen de clase, o el lugar
en las relaciones de poder, para definir si una producción es o no popular que
su efecto sobre la hegemonía cultural. Entonces la cultura juvenil entrará al
terreno de lo popular en tanto principal espacio de producción contrahegemónico:
por su vínculo con la autoridad, con los valores formales de la sociedad y su
búsqueda de una definición alternativa de estilos de vida. Sin embargo cabe
seguir atento a las críticas mencionadas arriba sobre no caer en
escencialismos, no pensar que todo lo juvenil implica una contestación o una
producción emancipadora. Especialmente en la actualidad donde las industrias
culturales se convierten en poderosos interlocutores de los jóvenes marcando un
límite a la producción cultural autónoma, y donde el riesgo de exclusión social
lleva a un consumo material y simbólico orientado más hacia la asimilación
social que a la divergencia. Así y todo, el texto plantea grandes líneas de
interpretación de la cultura juvenil: la idea de resignificación e
infiltración, de revuelta simbólica, y caracteriza a estos sectores como
grandes “picadoras de carne” de la cultura y como un espacio social que se debe
analizar en sí mismo.
El análisis de la
relación entre cultura de masas, cultura popular y cultura de elite lleva a los
autores a decir que se hace difícil pensar en una definición cultural por
clase, en tanto cada campo cultural está conformado por un entramado de
significaciones policlasista, dinamizado por la existencia de procesos fluidos
de apropiación e infiltración entre clases. Entonces a la hora de pensar los
contenidos de la cultura popular no basta con deducirlos de su posicionamiento
estructural social (subordinado), ya que estos contenidos pueden no ser
opuestos a la cultura hegemónica sino apropiados por ella o combinados con los
contenidos de la cultura de clase media. La posición social nos habla de un
tipo de experiencia de la vida que no determina totalmente la acción
individual. Como señala Cohen (2002) los sujetos cuentan con un marco de
referencia (de valores y prácticas deseables) para interpretar sus problemas y
sus posibles soluciones, pero también cuentan con la posibilidad de dar respuestas
innovadoras, especialmente si encuentran un nuevo grupo de referencia. Esto
parece especialmente interesante para pensar la cultura juvenil que parece
estar buscando un marco de referencia propio diferente al convencional, en
tanto no encuentra allí soluciones satisfactorias para los nuevos problemas a
los que se enfrenta.
Semán y Miguez adoptan esta idea de marco de referencia o
“matriz cultural” para hablar de este esquema de respuestas convencionales, que
puede ser factible de modificación, y que se construye de manera situada en
relación con el contexto social del sujeto. Por lo que se permiten hablar de
una “matriz cultural”, intermediaria en la creación de representaciones de los sectores
populares, signada por su posición de menor participación en la distribución de
recursos y los mecanismos de adaptación a este escenario. Siguiendo con estas
ideas podemos pensar que la cultura juvenil está mediada por una “matriz
cultural” de doble posicionamiento: se
ancla tanto en la estructura social como en el lugar de alteridad respecto a
los adultos. Cómo señala Margulis (2005) en su análisis de la noche, la
juventud encuentra allí un espacio propio en tanto los que tienen el poder
duermen. Esto vuelve más interesante el análisis sobre la juventud en tanto
encontramos una matriz común, generacional, de diferencia con lo instituido,
pero también una matriz de clase, que en muchas ocasiones opera como
diferenciación al interior del grupo. Podríamos pensar que el lugar de la
diferencia entre generaciones nos está hablando del aspecto más abstracto
relacional de la cultura juvenil, mientras que la diferencia intrageneracional,
signada por las realidades específicas de cada sociedad nos permite pensar los
contenidos de esa cultura.
Si hasta aquí se encontraban debatiendo el aspecto más
abstracto de la definición de cultura popular (relacional), intentarán ahora
hacer una caracterización de los contenidos históricos y situados de esta
“matriz cultural” para el campo de lo popular en la Argentina de los últimos
años. Para ello señalan fundamental el análisis de conceptos como fuerza,
jerarquía, reciprocidad que se entiende de un modo alternativo a la cultura
convencional, así como las lógicas culturales que se despenden de la situación
estructural del “postrabajo”.
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