martes, 7 de junio de 2016

Nuevos artefactos urbanos y segregación socio-espacial



Discurso-Ciudad. El lenguaje como una ciudad siempre en crecimiento, en remodelación, habitada y vivida, fue la metáfora con la que a principio de siglo veinte la filosofía de la lengua, con Wittgenstein como gurú epistemológico, explicaba su objeto. A principio de nuestro nuevo siglo Améndola invierte la metáfora: la ciudad posmoderna es más un discurso de sí misma que un nuevo paisaje urbano (Améndola: 2000). Discursos, miedos, sueños, proyecciones, toda una cultura posmoderna que ha pensado para sí una nueva ciudad (mindscape).  No importa que aún convivan viejos edificios desmantelados con shoppings y escuelas dentro de shoppings. No importa que el panorama físico de la ciudad (cityscape) nos devuelva retazos de obsolencia. Quizás junto con Foucault, Améndola se centra en pensar la ciudad posmoderna menos como un dato maduro, totalizado, y más como una formación discursiva que para existir y al hacerlo genera contradicciones, luchas de poder, perdedores y ganadores, en fin nuevos sujetos.
Mi reto es el siguiente: iluminar la miseria de un instante en esta nueva ciudad, no para hablar de ella sino para conocer su discurso.¿De qué habla este discurso posmoderno de la ciudad posmoderna? ¿A quién le habla? ¿Quiénes son los que ganaron? ¿Qué límites nuevos tiene esta ciudad (ciudad-lenguaje; discurso-ciudad)? ¿Con qué estrategias discursivas se articulan las nuevas estrategias de ocupación del espacio? Me centraré para iluminar estas preguntas en un pequeño discurso, el de lo privado. Tomaré como monumento de la ciudad de ese discurso de lo privado a  Tronador. 
Tronador es un inédito emprendimiento inmobiliario. La prensa lo nombró dentro de la nueva “ola de los ladrillos top”[1]. La gacetilla para la prensa vende a Tronador como “un country en  la ciudad”[2]. El edificio cuenta con 200  “residencias contemporáneas”, dos piletas (una climatizada y ambas  “elegidas por José Meolans”), un putting green y jaula de golf, un bar restó, un mircrocine, un salón de fiestas, una sala de lectura, una cancha de tennis, cochera subterránea, bauleras, salón de belleza, servicio de valet, servicio doméstico, laundry y tintorería, lavado de autos, charter opcional al centro y claro todo ésto siendo posible gracias a la “seguridad inteligente” 24 horas. El edificio está construido sobre la estructura de una antigua fábrica de chocolates Nestlé. Desde su armazón la propuesta apunta a diferenciarse. El edificio está construido en el barrio de Coghlan, a la vera del tren, sobre un terreno de 15.000 metros cuadrados, del cual 8.000 se han dejado libres como parque central. La chimenea que antes supo ser símbolo de una fábrica bullente, es hoy otro elemento más de “la fusión entre la vieja arquitectura y el diseño moderno” con que Tronador  “nos ofrece la posibilidad de mejorar nuestra calidad de vida”[3].
Pero Tronador es además un lugar para cierta gente. Es el gesto cómplice, cuando incluye, de los que ganaron, de los que, como dice la folletería de promoción: “les gusta la libertad, el barrio, mirar el cielo, sentirse en casa, el panorama infinito, las cosas simples, ser profundamente felices”. Y también, por si hacía falta decirlo: “vivir la vida de otra manera, la privacidad, pensar diferente, los metros cúbicos, la ciudad, y las chimeneas que no largan más humo”. Tronador es entonces el documento-monumento (Foucault: 1992) que elijo para hablar del nuevo mindscape de la ciudad posmoderna.

Segmentos privados.  Como lo señala Robert el proceso de autoamurallamiento de las clases medias y altas en barrios privados es un fenómeno que se extiende a lo largo de la década de los ’90,  pero principalmente en la segunda mitad de la misma (Robert: 1998). Me interesa rescatar del texto de Robert el concepto de organización del hábitat con cual puede dar cuenta  no sólo del fenómeno de los barrios cerrados como una novedad inmobiliaria, sino que permite reconstruir el panorama estructural de la época: los barrios cerrados son el emergente de algunas de las contradictorias tendencias del fin de siglo. Nos obliga a pensar los barrios cerrados como el emergente  de toda una nueva forma de organización social, donde lo se ha modificado el modelo de acumulación, el papel del Estado y las relaciones sociales. La organización del hábitat es una organización no sólo de las infraestructuras o los espacios, sino que también es la organización de formas de vida, de las formas de la experiencia en general.
El espacio urbano no es homogéneo. En la ciudad se encuentran distribuidos de forma no organizada, caótica, respondiendo a leyes propias de cada fracción de capital e independientes entre sí,  distinto tipos de bienes y servicios. Oslak los llama externalidades, cuando quiere dar cuenta de la forma como éstos se relacionan con la vida de las personas. Las externalidades son lo que diferencia una localización urbana de otra, lo que la hace más  accesible al centro, mejor servida en relación a los servicios públicos, con mejores escuelas, o incluso más saludable. Es decir: es lo que le da valor a la vivienda, y lo que diferenciará la calidad de vida de las personas.
En los barrios privados estas externalidades se encuentran de alguna manera internalizadas. Esto nos permite pensar, junto con Svampa, que aquellos son más ciudades cerradas,  fortificaciones miniurbanas donde la ciudadanía es privada (Svampa:2001) y el territorio homogéneo.
Entonces la organización del hábitat incluye también una lucha por la apropiación de esas externalidades que dan valor a la experiencia urbana. Las ciudades cerradas  de Svampa son los recursos de reaseguro de acceso privilegiado a esas externalidades. Pero las ciudades cerradas son una forma de organización del hábitat también como lo piensa Robert: es posible que surjan acontecimientos inmobiliarios como los barrios cerrados, porque lo que ya ha perdido legitimidad es el concepto de ciudadanía social. En definitiva lo que emerge es la crisis estructural de un Estado que es incapaz de dar nombres y configurar sujetos.
La ironía no puede ser mejor: dicen Svampa y Robert que el imaginario sobre el que han construido su discurso  los habitantes (o aspirantes) de las ciudades cerradas es el del anhelo a una  vuelta a la vieja comunidad organizada (Svampa:2001) o bien al barrio de la infancia o la recreación de la polis (Robert: 1998). En ambos casos  pareciera que lo que se está repudiando es la falta de control, la falta de un orden garante, caos del que la ciudad abierta  es participe y creadora. Esta misma condición de heterogeneidad, que permite aquí encontrar un valor diferencial sobre el suelo urbano, aparece en ese discurso como la contingencia que se busca abandonar murallas para adentro. Sin embargo la ciudad y el capital necesitan de  ese libre concurrir de bienes y servicios para su reproducción ampliada (Toplav:1979; Jaramillo:1990). Esta contradicción, que es propia de las formas sociales que aparecen bajo el capitalismo, se interpreta como ineficacia del Estado (que no puede garantizar un orden) y consecuente omnipotencia del ciudadano privado. De ahí que las soluciones que emergen de ese discurso privatista no hagan otra cosa que seguir empeorando dichas contradicciones. En su aspirar a ser una ciudad que se encierra a si misma, el country esta propendiendo una forma de interacción con el espacio público que lo denigra y lo empobrece.
Finalmente, me interesar destacar de los autores citados su forma de hacer aparecer el objeto de estudio en el cruce de dos realidades. Es decir, destacar la forma en que comprenden los procesos urbanos: poniendo la mirada bifocal sobre la interacción entre las relaciones sociales y el espacio urbano. Con esa misma mirada bifocal intentará reconstruir mi documento-monumento elegido.

Cityscape: Ladrillos top. Ya en el texto de Robert se nos advierte que el proceso de amurallamiento, en una época proceso de suburbanización de las clases medias altas y altas, empieza a fines de los ‘90 a ser  exportable a las áreas urbanas. Tronador es “un country en la ciudad”. Y esto inaugura mucho más que una “ola” inmobiliaria que apunta a los nuevos consumidores de la Argentina devaluada. Si bien la existencia de countries en los suburbios ya estaba dando cuenta de la fragmentación social, la existencia de esta misma organización del espacio pero en la ciudad rompe con la heterogeneidad que solía caracterizar al espacio urbano. Tronador es una aldea de pocos, un espacio homogéneo para la gente correcta. Una isla de externalidades internalizadas de lujo. Una insolencia al espacio público. Es la inauguración de una segregación residencial, es decir, de un proceso de localización de las personas en la ciudad en espacios cada vez más homogéneos y diferenciados entre sí (Kaztman:2001).
Pensando a Tronador desde el concepto de Robert de organización del hábitat  y la forma de pensar el crecimiento de la ciudad, siempre en relación a la renta urbana, de Scobie, llegamos a la conclusión que Tronador es una estrategia de ocupación de espacio redonda: los  dueños de Tronador han comprado un edificio sobre una tierra con renta industrial para vender luego departamentos que ahora vendrán a soportar una renta de vivienda (mayor a la renta industrial); por otro lado Tronador está construido en un barrio residencial, de casa bajas, y donde está prohibida la construcción en altura, por lo tanto la aparición de un edificio, si bien bajo, con las mismas comodidades y lujos que una torre jardín, hacen aparecer sobre la tierra de Tronador una renta secundaria diferencial importante. 
Mindscape: Nuevo Nuñez. Como ciudad cerrada, hasta ahora hemos descripto sólo su cityscape excluyente e irrespetuoso. Pero cuál es el mindscape de esta ciudad posmoderna autoexcluida?
En Tronador la estrategia de ocupación del espacio es también una estrategia discursiva:  es la estrategia de la diferenciación. Tronador no tiene sólo dos gimnasios: tiene un gimnasio para “actividades cardiovasculares”, y otro para “prácticas orientales”.  No queda sólo en la ciudad, sino que sirve un sistema de charter opcional al centro. Y quizás tiene como mayor valor de uso simbólico diferencial el hecho de estar ubicado en “un barrio como los de antes”.  Como decíamos más arriba, el imaginario que permitió la creación de discursos privatistas de la experiencia habitacional se centran sobre este tipo de valores: la vuelta al barrio, la pequeña aldea, lo chiquito fácil de organizar y controlar.
Pero, ¿Qué pasa cuando un country se muda a un barrio tradicional? Tronador queda, según la nueva cartografía del marketing inmobiliario, en el Nuevo Nuñez. Ubicación que contrasta con lo que catastro y mis recuerdos de la infancia solían llamar Coghlan (me crié a cuadras de la fábrica de Nestle, mis padres aún hoy me cuentan del olor a chocolate, de la época en que las chimeneas si largaban humo). ¿Y por qué, si el barrio es lo valioso, hizo falta cambiarle el nombre? Porque Tronador no necesita de ese barrio, sino para aumentar su valor simbólico mediante una doble diferenciación: diferenciándose del resto de los edificios de lujo que por lo general se encuentran en barrios más densificados, pero también diferenciándose del barrio. Porque Tronador no es como el “barrio de antes”. Porque en Coghaln se juntaban en el colegio, en la plaza, en las calles y avenidas, en el uso de los servicios públicos, en su relación con el Estado, las distintas clases sociales.  Se hacía de Coghlan un uso público. En cambio, Nuevo Nuñez es puro diseño, puro mindscape egocéntrico, con el que un sector de la sociedad se apropia de ese barrio de mi infancia, para hacer con él un uso privado. Un uso privado que tiene por único fin la conservación del estilo de vida alcanzado.

Conlusiones. El discurso de la ciudad posmoderna habla entonces de un encierro del sujeto en sí mismo, del descreimiento a lo público y del temor al otro. Los barrios cerrados en la ciudad son mucho más que un nuevo producto que responde al mercado inmobiliario de la Argentina fragmentada, son el reflejo de un cambio en el plano de las relaciones sociales de nuestro país, dinamizada por un cambio de las mentalidades.
El mindscape de la ciudad posmoderna (y el de Tronador, claro) es el de una ciudad privada, ordenada, segura, homogénea, exclusiva, que prescinden del Estado. Pero este programa choca con un cityscape hostil a su pretensión en tanto sigue siendo heterogéneo, en tanto sigue conteniendo al otro, lo que hace que la estrategia de ocupación del espacio pase a ser una estrategia violenta de autoexclusión y cierre frente a la sociedad. Se le da la espalda a la solidaridad orgánica de la que habla Durkheim, y la sociedad se empobrece de sociabilidad, se vuelve irresponsable en cuanto deja de pensarse a sí misma. El discurso privatista piensa en primera persona.

El mindscape posmoderno recurre, entre otros discursos, a articulaciones que valoran lo privado por sobre lo público, y que pasan por el alto la pérdida que implica la segregación residencial. Este va a ser uno de los límites de la ciudad posmoderna: el otro. Y si antes el otro podía pensarse como la frontera desde donde pensar la propia identidad, la propia cultura, o la propia vida, en el mindscape posmoderno, el temor, la intolerancia, el descreimiento, la deslegitimidad, harán del otro un enemigo.
La segregación residencial va implicar una pérdida en tanto la experiencia se empobrece de variedad, de diferencia. Los hijos del country quizá nunca vayan a caminar por los pasillos fríos y llenos de eco del Teatro Colón. Así como tampoco lo hagan los hijos de la villa. Porque la segregación residencial significa una pérdida para la sociedad toda. En cuanto el Estado se aleja del espacio público, y a esto se le suma, no ya sólo la indiferencia, sino la negación activa de las clases medias altas y altas a la miseria que en ese espacio público pueda llegar a desarrollarse, los que pierden también son los pobres (Kaztman:2001).
Dos son los resultados-límites de la ciudad posmoderna: el de la segregación  residencial como estrategia de ocupación del espacio y el de la pérdida de sociabilidad como reemplazo a los acallados espacios públicos. En definitiva la virtud del aislamiento como respuesta, exclusiva de los que aun tienen la opción de tener opciones, a una crisis estructural del país, y por consiguiente del Estado.
Siempre existió en la ciudad de Buenos Aires diferentes estrategias de diferenciación entre las clases, pero bajo la tutela de un Estado integrador, nunca faltaron espacios públicos donde la socialización fuese conjunta. Hoy a la imagen de la Plaza de Mayo multiplicada en la presencia de miles de personas a la caza de su ciudadanía, de su inserción social, de su aceptación del pacto imaginario, se le puede contraponer un parque de 8.000 metros cuadrados, rejas para adentro, fragmentado en decenas de personas a la búsqueda de una nueva ciudadanía hecha a la medida de su propia soberanía.


[1] De la revista Poder y sociedad del día 18/09/2004, páginas 24-25/N62
[2] Tomado de Clarín del día 19/10/2004, La prensa del  29/10/2004, Poder y sociedad del día 18/09/2004 e InfoBae del día 22/10/2004.
[3] Se ha encomillado aquello que responde fielmente a la verbalización hecha en la gacetilla de prensa.

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