Discurso-Ciudad. El
lenguaje como una ciudad siempre en crecimiento, en remodelación, habitada y
vivida, fue la metáfora con la que a principio de siglo veinte la filosofía de
la lengua, con Wittgenstein como gurú epistemológico, explicaba su objeto. A
principio de nuestro nuevo siglo Améndola invierte la metáfora: la ciudad
posmoderna es más un discurso de sí misma que un nuevo paisaje urbano
(Améndola: 2000). Discursos, miedos, sueños, proyecciones, toda una cultura
posmoderna que ha pensado para sí una nueva ciudad (mindscape). No importa que
aún convivan viejos edificios desmantelados con shoppings y escuelas dentro de
shoppings. No importa que el panorama físico de la ciudad (cityscape) nos devuelva retazos de obsolencia. Quizás junto con
Foucault, Améndola se centra en pensar la ciudad posmoderna menos como un dato
maduro, totalizado, y más como una formación discursiva que para existir y al
hacerlo genera contradicciones, luchas de poder, perdedores y ganadores, en fin
nuevos sujetos.
Mi
reto es el siguiente: iluminar la miseria de un instante en esta nueva ciudad,
no para hablar de ella sino para conocer su discurso.¿De qué habla este
discurso posmoderno de la ciudad posmoderna? ¿A quién le habla? ¿Quiénes son
los que ganaron? ¿Qué límites nuevos tiene esta ciudad (ciudad-lenguaje;
discurso-ciudad)? ¿Con qué estrategias discursivas se articulan las nuevas
estrategias de ocupación del espacio? Me centraré para iluminar estas preguntas
en un pequeño discurso, el de lo privado. Tomaré como monumento de la ciudad de
ese discurso de lo privado a
Tronador.
Tronador
es un inédito emprendimiento inmobiliario. La prensa lo nombró dentro de la
nueva “ola de los ladrillos top”[1].
La gacetilla para la prensa vende a Tronador como “un country en la ciudad”[2].
El edificio cuenta con 200 “residencias
contemporáneas”, dos piletas (una climatizada y ambas “elegidas por José Meolans”), un putting
green y jaula de golf, un bar restó, un mircrocine, un salón de fiestas, una
sala de lectura, una cancha de tennis, cochera subterránea, bauleras, salón de
belleza, servicio de valet, servicio doméstico, laundry y tintorería, lavado de
autos, charter opcional al centro y claro todo ésto siendo posible gracias a la
“seguridad inteligente” 24 horas. El edificio está construido sobre la
estructura de una antigua fábrica de chocolates Nestlé. Desde su armazón la
propuesta apunta a diferenciarse. El edificio está construido en el barrio de
Coghlan, a la vera del tren, sobre un terreno de 15.000 metros cuadrados,
del cual 8.000 se han dejado libres como parque central. La chimenea que antes
supo ser símbolo de una fábrica bullente, es hoy otro elemento más de “la
fusión entre la vieja arquitectura y el diseño moderno” con que Tronador “nos ofrece la posibilidad de mejorar nuestra
calidad de vida”[3].
Pero
Tronador es además un lugar para cierta gente. Es el gesto cómplice, cuando
incluye, de los que ganaron, de los que, como dice la folletería de promoción:
“les gusta la libertad, el barrio, mirar el cielo, sentirse en casa, el panorama
infinito, las cosas simples, ser profundamente felices”. Y también, por si
hacía falta decirlo: “vivir la vida de otra manera, la privacidad, pensar
diferente, los metros cúbicos, la ciudad, y las chimeneas que no largan más
humo”. Tronador es entonces el documento-monumento (Foucault: 1992) que elijo para
hablar del nuevo mindscape de la
ciudad posmoderna.
Segmentos
privados.
Como lo señala Robert el proceso de autoamurallamiento de las clases
medias y altas en barrios privados es un fenómeno que se extiende a lo largo de
la década de los ’90, pero
principalmente en la segunda mitad de la misma (Robert: 1998). Me interesa
rescatar del texto de Robert el concepto de organización
del hábitat con cual puede dar cuenta
no sólo del fenómeno de los barrios cerrados como una novedad
inmobiliaria, sino que permite reconstruir el panorama estructural de la época:
los barrios cerrados son el emergente de algunas de las contradictorias
tendencias del fin de siglo. Nos obliga a pensar los barrios cerrados como el
emergente de toda una nueva forma de
organización social, donde lo se ha modificado el modelo de acumulación, el
papel del Estado y las relaciones sociales. La organización del hábitat es una organización no sólo de las
infraestructuras o los espacios, sino que también es la organización de formas
de vida, de las formas de la experiencia en general.
El
espacio urbano no es homogéneo. En la ciudad se encuentran distribuidos de
forma no organizada, caótica, respondiendo a leyes propias de cada fracción de
capital e independientes entre sí,
distinto tipos de bienes y servicios. Oslak los llama externalidades, cuando quiere dar cuenta
de la forma como éstos se relacionan con la vida de las personas. Las externalidades son lo que diferencia una
localización urbana de otra, lo que la hace más accesible al centro, mejor
servida en relación a los servicios públicos, con mejores escuelas, o incluso
más saludable. Es decir: es lo que le da valor a la vivienda, y lo que
diferenciará la calidad de vida de las personas.
En los
barrios privados estas externalidades
se encuentran de alguna manera internalizadas. Esto nos permite pensar, junto
con Svampa, que aquellos son más ciudades
cerradas, fortificaciones
miniurbanas donde la ciudadanía es privada (Svampa:2001) y el territorio
homogéneo.
Entonces
la organización del hábitat incluye
también una lucha por la apropiación de esas externalidades que dan valor a la experiencia urbana. Las ciudades cerradas de Svampa son los recursos de reaseguro de
acceso privilegiado a esas externalidades.
Pero las ciudades cerradas son
una forma de organización del hábitat también
como lo piensa Robert: es posible que surjan acontecimientos inmobiliarios como
los barrios cerrados, porque lo que ya ha perdido legitimidad es el concepto de
ciudadanía social. En definitiva lo
que emerge es la crisis estructural de un Estado que es incapaz de dar nombres
y configurar sujetos.
La
ironía no puede ser mejor: dicen Svampa y Robert que el imaginario sobre el que
han construido su discurso los
habitantes (o aspirantes) de las ciudades cerradas es el del anhelo a una vuelta a la vieja comunidad organizada
(Svampa:2001) o bien al barrio de la infancia o la recreación de la polis
(Robert: 1998). En ambos casos pareciera
que lo que se está repudiando es la falta de control, la falta de un orden
garante, caos del que la ciudad abierta
es participe y creadora. Esta misma condición de heterogeneidad, que
permite aquí encontrar un valor diferencial sobre el suelo urbano, aparece en
ese discurso como la contingencia que se busca abandonar murallas para adentro.
Sin embargo la ciudad y el capital necesitan de
ese libre concurrir de bienes y servicios para su reproducción ampliada
(Toplav:1979; Jaramillo:1990). Esta contradicción, que es propia de las formas
sociales que aparecen bajo el capitalismo, se interpreta como ineficacia del
Estado (que no puede garantizar un orden) y consecuente omnipotencia del
ciudadano privado. De ahí que las soluciones que emergen de ese discurso
privatista no hagan otra cosa que seguir empeorando dichas contradicciones. En
su aspirar a ser una ciudad que se encierra a si misma, el country esta
propendiendo una forma de interacción con el espacio público que lo denigra y
lo empobrece.
Finalmente,
me interesar destacar de los autores citados su forma de hacer aparecer el
objeto de estudio en el cruce de dos realidades. Es decir, destacar la forma en
que comprenden los procesos urbanos: poniendo la mirada bifocal sobre la
interacción entre las relaciones sociales y el espacio urbano. Con esa misma
mirada bifocal intentará reconstruir mi documento-monumento elegido.
Cityscape:
Ladrillos top. Ya en el texto de Robert se
nos advierte que el proceso de amurallamiento, en una época proceso de
suburbanización de las clases medias altas y altas, empieza a fines de los ‘90
a ser exportable a las áreas urbanas.
Tronador es “un country en la ciudad”. Y esto inaugura mucho más que una “ola”
inmobiliaria que apunta a los nuevos consumidores de la Argentina devaluada. Si
bien la existencia de countries en los suburbios ya estaba dando cuenta de la
fragmentación social, la existencia de esta misma organización del espacio pero en la ciudad rompe con la
heterogeneidad que solía caracterizar al espacio urbano. Tronador es una aldea
de pocos, un espacio homogéneo para la gente correcta. Una isla de externalidades internalizadas de lujo.
Una insolencia al espacio público. Es la inauguración de una segregación residencial, es decir, de un
proceso de localización de las personas en la ciudad en espacios cada vez más
homogéneos y diferenciados entre sí (Kaztman:2001).
Pensando
a Tronador desde el concepto de Robert de organización
del hábitat y la forma de pensar el
crecimiento de la ciudad, siempre en relación a la renta urbana, de Scobie,
llegamos a la conclusión que Tronador es una estrategia de ocupación de espacio redonda: los dueños de Tronador han comprado un edificio
sobre una tierra con renta industrial para vender luego departamentos que ahora
vendrán a soportar una renta de vivienda (mayor a la renta industrial); por
otro lado Tronador está construido en un barrio residencial, de casa bajas, y
donde está prohibida la construcción en altura, por lo tanto la aparición de un
edificio, si bien bajo, con las mismas comodidades y lujos que una torre
jardín, hacen aparecer sobre la tierra de Tronador una renta secundaria
diferencial importante.
Mindscape:
Nuevo Nuñez. Como ciudad cerrada, hasta
ahora hemos descripto sólo su cityscape excluyente
e irrespetuoso. Pero cuál es el mindscape
de esta ciudad posmoderna autoexcluida?
En
Tronador la estrategia de ocupación del espacio es también una estrategia
discursiva: es la estrategia de la
diferenciación. Tronador no tiene sólo dos gimnasios: tiene un gimnasio para
“actividades cardiovasculares”, y otro para “prácticas orientales”. No queda sólo en la ciudad, sino que sirve un
sistema de charter opcional al centro. Y quizás tiene como mayor valor de uso
simbólico diferencial el hecho de estar ubicado en “un barrio como los de
antes”. Como decíamos más arriba, el
imaginario que permitió la creación de discursos privatistas de la experiencia
habitacional se centran sobre este tipo de valores: la vuelta al barrio, la
pequeña aldea, lo chiquito fácil de organizar y controlar.
Pero,
¿Qué pasa cuando un country se muda a un barrio tradicional? Tronador queda,
según la nueva cartografía del marketing inmobiliario, en el Nuevo Nuñez.
Ubicación que contrasta con lo que catastro y mis recuerdos de la infancia
solían llamar Coghlan (me crié a cuadras de la fábrica de Nestle, mis padres
aún hoy me cuentan del olor a chocolate, de la época en que las chimeneas si
largaban humo). ¿Y por qué, si el barrio es lo valioso, hizo falta cambiarle el
nombre? Porque Tronador no necesita de ese barrio, sino para aumentar su valor
simbólico mediante una doble diferenciación: diferenciándose del resto de los
edificios de lujo que por lo general se encuentran en barrios más densificados,
pero también diferenciándose del barrio. Porque Tronador no es como el “barrio
de antes”. Porque en Coghaln se juntaban en el colegio, en la plaza, en las
calles y avenidas, en el uso de los servicios públicos, en su relación con el
Estado, las distintas clases sociales.
Se hacía de Coghlan un uso público. En cambio, Nuevo Nuñez es puro
diseño, puro mindscape egocéntrico,
con el que un sector de la sociedad se apropia de ese barrio de mi infancia,
para hacer con él un uso privado. Un uso privado que tiene por único fin la
conservación del estilo de vida alcanzado.
Conlusiones.
El discurso de la ciudad posmoderna habla entonces de un encierro del sujeto en
sí mismo, del descreimiento a lo público y del temor al otro. Los barrios
cerrados en la ciudad son mucho más que un nuevo producto que responde al
mercado inmobiliario de la Argentina fragmentada, son el reflejo de un cambio
en el plano de las relaciones sociales de nuestro país, dinamizada por un
cambio de las mentalidades.
El mindscape de la ciudad posmoderna (y el
de Tronador, claro) es el de una ciudad privada, ordenada, segura, homogénea, exclusiva,
que prescinden del Estado. Pero este programa choca con un cityscape hostil a su pretensión en tanto sigue siendo heterogéneo,
en tanto sigue conteniendo al otro, lo que hace que la estrategia de ocupación
del espacio pase a ser una estrategia violenta de autoexclusión y cierre frente
a la sociedad. Se le da la espalda a la solidaridad orgánica de la que habla
Durkheim, y la sociedad se empobrece de sociabilidad, se vuelve irresponsable
en cuanto deja de pensarse a sí misma. El discurso privatista piensa en primera
persona.
El mindscape posmoderno recurre, entre
otros discursos, a articulaciones que valoran lo privado por sobre lo público,
y que pasan por el alto la pérdida que implica la segregación residencial. Este va a ser uno de los límites de la
ciudad posmoderna: el otro. Y si antes el otro podía pensarse como la frontera
desde donde pensar la propia identidad, la propia cultura, o la propia vida, en
el mindscape posmoderno, el temor, la
intolerancia, el descreimiento, la deslegitimidad, harán del otro un enemigo.
La segregación residencial va implicar una
pérdida en tanto la experiencia se empobrece de variedad, de diferencia. Los
hijos del country quizá nunca vayan a caminar por los pasillos fríos y llenos
de eco del Teatro Colón. Así como tampoco lo hagan los hijos de la villa.
Porque la segregación residencial
significa una pérdida para la sociedad toda. En cuanto el Estado se aleja del
espacio público, y a esto se le suma, no ya sólo la indiferencia, sino la
negación activa de las clases medias altas y altas a la miseria que en ese
espacio público pueda llegar a desarrollarse, los que pierden también son los
pobres (Kaztman:2001).
Dos
son los resultados-límites de la ciudad posmoderna: el de la segregación
residencial como estrategia de ocupación del espacio y el de la pérdida de sociabilidad como reemplazo a
los acallados espacios públicos. En definitiva la virtud del aislamiento como
respuesta, exclusiva de los que aun tienen la opción de tener opciones, a una
crisis estructural del país, y por consiguiente del Estado.
Siempre existió en la ciudad de Buenos Aires
diferentes estrategias de diferenciación entre las clases, pero bajo la tutela
de un Estado integrador, nunca faltaron espacios públicos donde la
socialización fuese conjunta. Hoy a la imagen de la Plaza de Mayo multiplicada
en la presencia de miles de personas a la caza de su ciudadanía, de su
inserción social, de su aceptación del pacto imaginario, se le puede
contraponer un parque de 8.000 metros cuadrados, rejas para adentro,
fragmentado en decenas de personas a la búsqueda de una nueva ciudadanía hecha
a la medida de su propia soberanía.
[1] De la revista Poder y sociedad del día 18/09/2004, páginas
24-25/N62
[2] Tomado de Clarín del día
19/10/2004, La prensa del 29/10/2004, Poder y sociedad del día 18/09/2004 e InfoBae del día 22/10/2004.
[3] Se ha encomillado aquello que responde fielmente a la verbalización
hecha en la gacetilla de prensa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario