miércoles, 8 de junio de 2016

Reseña del libro "Entre Santos, Cumbias y Piquetes: Las Culturas Populares en la Argentina Reciente" de Semán y Míguez



El texto es un interesante y completo recorrido por la definición del concepto de cultura popular. Al cual proponen abordar desde una perspectiva abstracta, diríamos formal (fundamentalmente relacional), que luego es complementada por una descripción más concreta, historizada y situada. El análisis crítico de las definiciones y usos anteriores del concepto nos sirven para pensar no sólo la cultura popular sino los estudios sobre cultura urbana. La construcción del objeto de estudio “popular” parece haber corrido una suerte similar al de la “ciudad”, especialmente si pensamos en los estudios de la Escuela de Chicago. A su vez, la definición de lo popular, según se trasluce en el texto, parece estar fuertemente asociada a lo urbano como su espacio de producción, circulación y consumo. Creo que una fortaleza del texto es que deja sentado el tipo de problemas teóricos que nos debemos plantear para abordar cualquier tipo de subcultura urbana (cultura juvenil, cultura de la pobreza, cultura de las elites).
Semán y Miguez (2006) critican las perspectivas esencialistas, que parte de una concepción a priori del sujeto popular, ya sea degradándolo por una condición de inferioridad prefigurada o ennobleciéndolo como el portador valores tradicionales o emancipadores. En cualquier caso critican los abordajes que interpretan la cultura popular como algo ahistórico, ya dado, homogéneo y escindido de una estructura social. Plantean que la cultura popular debe pensarse en principio como una forma cultural diferente a otras, en tanto existen diferentes espacios sociales que producen diferentes significaciones (producción, circulación y consumo diferencial de las formas culturales). Y que a su vez se encuentra en relación con otras culturas en una estructura social histórica determinada, donde las relaciones de poder producen una asimetría en la distribución de herramientas culturales. Los autores plantean entonces la paradoja de necesitar dar cuenta de esta asimetría sin caer en un evolucionismo cultural. Es decir, poder nombrar el lugar de subordinación de la cultura popular sin por eso naturalizar este espacio en la jerarquía social. Reconocer este espacio de subordinación plantea muchos inconvenientes, especialmente porque puede llevar a interpretar todo aspecto de la cultura popular desde el supuesto de la “carencia” o “degradación”. Llevando estas recomendaciones al terreno del análisis de la cultura urbana, podríamos pensar en autores como Park y Burguess (1925) quienes definen la cultura en los espacios marginales desde la ausencia reglas morales. Postura luego enmendad por Shaw y Mackay (1942) en tanto plantean no la ausencia sino la presencia de un conjunto de valores específicos de esa población en la noción de subcultura.
Esta postura relacional de la cultura se complejiza a partir de la emergencia de una cultura de masas, asociada en principio a las clases medias, pero de un gran impacto simbólico en el resto de la sociedad. Tanto que compite con la cultura de elite en su definición de la hegemonía cultural. En este escenario, lo popular empieza a despegar de su definición socioeconómica (popular como espacio social) y empieza a definir un rol político: el de operar como “negatividad” de esa cultura de masas. Importará entonces menos el origen de clase, o el lugar en las relaciones de poder, para definir si una producción es o no popular que su efecto sobre la hegemonía cultural. Entonces la cultura juvenil entrará al terreno de lo popular en tanto principal espacio de producción contrahegemónico: por su vínculo con la autoridad, con los valores formales de la sociedad y su búsqueda de una definición alternativa de estilos de vida. Sin embargo cabe seguir atento a las críticas mencionadas arriba sobre no caer en escencialismos, no pensar que todo lo juvenil implica una contestación o una producción emancipadora. Especialmente en la actualidad donde las industrias culturales se convierten en poderosos interlocutores de los jóvenes marcando un límite a la producción cultural autónoma, y donde el riesgo de exclusión social lleva a un consumo material y simbólico orientado más hacia la asimilación social que a la divergencia. Así y todo, el texto plantea grandes líneas de interpretación de la cultura juvenil: la idea de resignificación e infiltración, de revuelta simbólica, y caracteriza a estos sectores como grandes “picadoras de carne” de la cultura y como un espacio social que se debe analizar en sí mismo.
El análisis de la relación entre cultura de masas, cultura popular y cultura de elite lleva a los autores a decir que se hace difícil pensar en una definición cultural por clase, en tanto cada campo cultural está conformado por un entramado de significaciones policlasista, dinamizado por la existencia de procesos fluidos de apropiación e infiltración entre clases. Entonces a la hora de pensar los contenidos de la cultura popular no basta con deducirlos de su posicionamiento estructural social (subordinado), ya que estos contenidos pueden no ser opuestos a la cultura hegemónica sino apropiados por ella o combinados con los contenidos de la cultura de clase media. La posición social nos habla de un tipo de experiencia de la vida que no determina totalmente la acción individual. Como señala Cohen (2002) los sujetos cuentan con un marco de referencia (de valores y prácticas deseables) para interpretar sus problemas y sus posibles soluciones, pero también cuentan con la posibilidad de dar respuestas innovadoras, especialmente si encuentran un nuevo grupo de referencia. Esto parece especialmente interesante para pensar la cultura juvenil que parece estar buscando un marco de referencia propio diferente al convencional, en tanto no encuentra allí soluciones satisfactorias para los nuevos problemas a los que se enfrenta.
Semán y Miguez adoptan esta idea de marco de referencia o “matriz cultural” para hablar de este esquema de respuestas convencionales, que puede ser factible de modificación, y que se construye de manera situada en relación con el contexto social del sujeto. Por lo que se permiten hablar de una “matriz cultural”, intermediaria en la creación de representaciones de los sectores populares, signada por su posición de menor participación en la distribución de recursos y los mecanismos de adaptación a este escenario. Siguiendo con estas ideas podemos pensar que la cultura juvenil está mediada por una “matriz cultural”  de doble posicionamiento: se ancla tanto en la estructura social como en el lugar de alteridad respecto a los adultos. Cómo señala Margulis (2005) en su análisis de la noche, la juventud encuentra allí un espacio propio en tanto los que tienen el poder duermen. Esto vuelve más interesante el análisis sobre la juventud en tanto encontramos una matriz común, generacional, de diferencia con lo instituido, pero también una matriz de clase, que en muchas ocasiones opera como diferenciación al interior del grupo. Podríamos pensar que el lugar de la diferencia entre generaciones nos está hablando del aspecto más abstracto relacional de la cultura juvenil, mientras que la diferencia intrageneracional, signada por las realidades específicas de cada sociedad nos permite pensar los contenidos de esa cultura.
Si hasta aquí se encontraban debatiendo el aspecto más abstracto de la definición de cultura popular (relacional), intentarán ahora hacer una caracterización de los contenidos históricos y situados de esta “matriz cultural” para el campo de lo popular en la Argentina de los últimos años. Para ello señalan fundamental el análisis de conceptos como fuerza, jerarquía, reciprocidad que se entiende de un modo alternativo a la cultura convencional, así como las lógicas culturales que se despenden de la situación estructural del “postrabajo”.

martes, 7 de junio de 2016

Análisis de una subcultura juvenil del post-trabajo argentino: los floggers (un texto de 2011)




Profundizando en la constitución de este estilo veremos que la elección de los símbolos y la forma en que son combinados buscan significar una posición particular en la estructura social, que en algunos casos implica un intento de acercamiento y clausura respecto a otras clases, y en otros se trata de un intento ambiguo de legitimación de la propia posición.
En este sentido, la estética flogger se construye a partir de un proceso de sobre-adaptación (Cohen, 1997), desde una cultura del exceso, a lo que se percibe como gustos y estilo de vida de una clase media alta centrada en la estética. Esta sobre-adaptación está intermediada por una lectura deficiente, según los parámetros de la clase que sirve de modelo: adoptan estilos de habla, imitan tonadas y ciertas expresiones; gustos musicales, como la música electrónica; un estilo de vestir a base de colores llamativos, consumo de marcas de Shopping, zapatillas de marca; y lugares de salidas, como boliches de electrónica y raves; todos estos consumos asociados, aunque sea imaginariamente, a una clase social superior y usados de manera excesiva. A su vez, se muestran como “fashion victims”, consumidores excesivos de lo último de la moda. Por otro lado, su nombre hace referencia a la posesión de una computadora, de acceso a Internet, como de una cámara digital. El nombre, en inglés, busca dar cuenta de la experiencia como nativos digitales expertos. El estilo de vida flogger está asociado a lo cosmopolita, a lo nuevo y a las tendencias en tecnología; al ocio y el consumo excesivo, así como al festejo de la propia imagen, da ahí la importancia para el estilo de la forma en que se lleva el pelo, el maquillaje y la combinación de colores. Es un estilo de vida donde todo parece ser tiempo de recreo y disfrute, donde no hay lugar para las preocupaciones sino para el goce estético.
Sin embargo, esta lógica de “imitación que se sobrepasa” o sobre-adaptación que recorre el tipo de bricolage (Clarke, 2003; Hebdige, 2002) que realizan los floggers los convierte en uno de los estilos juveniles más cuestionados: la mayoría de nuestros entrevistados dieron opiniones muy negativas sobre el estilo “floggers” y sus consumidores. En el caso de las clases más bajas, los floggers, y Cumbio como personaje mediático emergente del prototipo flogger, son vistos como grupos sociales superiores, o que se creen superiores. Mientras que para las clases más acomodadas, el flogger aparece como un grupo social inferior que intenta deficientemente hacerse pasar por cheto.
Según nivel socioeconómico se encuentran distintas explicaciones del rechazo a la estética flogger. En los sectores medios típicos, segmento al que pertenecía la mayoría de los floggers que observamos en el campo, los motivos de dicha crítica es que se percibe como una estética pretenciosa, poco sincera. Utilizan expresiones como “están disfrazados”, “son payasos”, “ridículos”, que dan cuenta de una percepción del estilo como máscara, como disfraz social. Si tenemos en cuenta lo señalado arriba sobre cómo se entiende la identidad, en el caso de los floggers las críticas están orientadas a lo que se percibe como un alejamiento de la esencia de esos jóvenes, como un falseamiento de la identidad.
Con más fuerza en los niveles medios bajos, pero también en niveles medios típicos, encontramos un rechazo puntual hacia los varones floggers. Este rechazo proviene de la percepción de que estos jóvenes no respetan los valores tradicionales de adscripción al género, al “ser varón”. Se los describe poco masculinos, siguiendo valores percibidos como típicamente femeninos, tales como la coquetería, la preocupación por la estética, el uso expresivo del cuerpo, entre otras prácticas.
Desde los sectores medios altos las críticas se dirigen hacia un desprestigio de la estrategia de construcción de este estilo. Se reconoce la intención de imitación del propio estilo de vida, lo que se interpreta como deficiente y hasta ofensivo, en tanto devalúa el valor de distinción del segmento social emulado. Los floggers son vistos como una mala imitación de lo que es realmente ser de clase media alta o, lo que es lo mismo acá, ser un consumidor competente, como plantea Bauman (2000). De esta forma se busca deslegitimar el mecanismo de distinción del estilo flogger, para reafirmar la propia distinción justificándola en el habitus: es decir en la naturalidad con la que se hace y se piensa como sujeto de clase media alta, aquel que representa el perfil de consumidor ideal.
Es interesante en este sentido la crítica que se observa en segmentos de clase media baja y baja respecto de que los floggers son chetos. Esta clasificación estaría confirmando la efectividad del proceso de distinción de los floggers, proceso a la vez impugnado por la clase media alta. Para los chicos de menores recursos la accesibilidad de la que da cuenta el estilo flogger, aunque sea imaginariamente, es percibida como una distancia social efectiva.
De manera transversal a todos los segmentos sociales, otra fuente de rechazo al estilo flogger es que se asocia a chicos más chicos, menores de quince años, chicos más inseguros, que aun no han encontrado su estilo y deben recurrir a lo que la moda dicta. Estas críticas están en sintonía con el argumento que supone que se trata de un estilo poco auténtico.

Nuevos artefactos urbanos y segregación socio-espacial



Discurso-Ciudad. El lenguaje como una ciudad siempre en crecimiento, en remodelación, habitada y vivida, fue la metáfora con la que a principio de siglo veinte la filosofía de la lengua, con Wittgenstein como gurú epistemológico, explicaba su objeto. A principio de nuestro nuevo siglo Améndola invierte la metáfora: la ciudad posmoderna es más un discurso de sí misma que un nuevo paisaje urbano (Améndola: 2000). Discursos, miedos, sueños, proyecciones, toda una cultura posmoderna que ha pensado para sí una nueva ciudad (mindscape).  No importa que aún convivan viejos edificios desmantelados con shoppings y escuelas dentro de shoppings. No importa que el panorama físico de la ciudad (cityscape) nos devuelva retazos de obsolencia. Quizás junto con Foucault, Améndola se centra en pensar la ciudad posmoderna menos como un dato maduro, totalizado, y más como una formación discursiva que para existir y al hacerlo genera contradicciones, luchas de poder, perdedores y ganadores, en fin nuevos sujetos.
Mi reto es el siguiente: iluminar la miseria de un instante en esta nueva ciudad, no para hablar de ella sino para conocer su discurso.¿De qué habla este discurso posmoderno de la ciudad posmoderna? ¿A quién le habla? ¿Quiénes son los que ganaron? ¿Qué límites nuevos tiene esta ciudad (ciudad-lenguaje; discurso-ciudad)? ¿Con qué estrategias discursivas se articulan las nuevas estrategias de ocupación del espacio? Me centraré para iluminar estas preguntas en un pequeño discurso, el de lo privado. Tomaré como monumento de la ciudad de ese discurso de lo privado a  Tronador. 
Tronador es un inédito emprendimiento inmobiliario. La prensa lo nombró dentro de la nueva “ola de los ladrillos top”[1]. La gacetilla para la prensa vende a Tronador como “un country en  la ciudad”[2]. El edificio cuenta con 200  “residencias contemporáneas”, dos piletas (una climatizada y ambas  “elegidas por José Meolans”), un putting green y jaula de golf, un bar restó, un mircrocine, un salón de fiestas, una sala de lectura, una cancha de tennis, cochera subterránea, bauleras, salón de belleza, servicio de valet, servicio doméstico, laundry y tintorería, lavado de autos, charter opcional al centro y claro todo ésto siendo posible gracias a la “seguridad inteligente” 24 horas. El edificio está construido sobre la estructura de una antigua fábrica de chocolates Nestlé. Desde su armazón la propuesta apunta a diferenciarse. El edificio está construido en el barrio de Coghlan, a la vera del tren, sobre un terreno de 15.000 metros cuadrados, del cual 8.000 se han dejado libres como parque central. La chimenea que antes supo ser símbolo de una fábrica bullente, es hoy otro elemento más de “la fusión entre la vieja arquitectura y el diseño moderno” con que Tronador  “nos ofrece la posibilidad de mejorar nuestra calidad de vida”[3].
Pero Tronador es además un lugar para cierta gente. Es el gesto cómplice, cuando incluye, de los que ganaron, de los que, como dice la folletería de promoción: “les gusta la libertad, el barrio, mirar el cielo, sentirse en casa, el panorama infinito, las cosas simples, ser profundamente felices”. Y también, por si hacía falta decirlo: “vivir la vida de otra manera, la privacidad, pensar diferente, los metros cúbicos, la ciudad, y las chimeneas que no largan más humo”. Tronador es entonces el documento-monumento (Foucault: 1992) que elijo para hablar del nuevo mindscape de la ciudad posmoderna.

Segmentos privados.  Como lo señala Robert el proceso de autoamurallamiento de las clases medias y altas en barrios privados es un fenómeno que se extiende a lo largo de la década de los ’90,  pero principalmente en la segunda mitad de la misma (Robert: 1998). Me interesa rescatar del texto de Robert el concepto de organización del hábitat con cual puede dar cuenta  no sólo del fenómeno de los barrios cerrados como una novedad inmobiliaria, sino que permite reconstruir el panorama estructural de la época: los barrios cerrados son el emergente de algunas de las contradictorias tendencias del fin de siglo. Nos obliga a pensar los barrios cerrados como el emergente  de toda una nueva forma de organización social, donde lo se ha modificado el modelo de acumulación, el papel del Estado y las relaciones sociales. La organización del hábitat es una organización no sólo de las infraestructuras o los espacios, sino que también es la organización de formas de vida, de las formas de la experiencia en general.
El espacio urbano no es homogéneo. En la ciudad se encuentran distribuidos de forma no organizada, caótica, respondiendo a leyes propias de cada fracción de capital e independientes entre sí,  distinto tipos de bienes y servicios. Oslak los llama externalidades, cuando quiere dar cuenta de la forma como éstos se relacionan con la vida de las personas. Las externalidades son lo que diferencia una localización urbana de otra, lo que la hace más  accesible al centro, mejor servida en relación a los servicios públicos, con mejores escuelas, o incluso más saludable. Es decir: es lo que le da valor a la vivienda, y lo que diferenciará la calidad de vida de las personas.
En los barrios privados estas externalidades se encuentran de alguna manera internalizadas. Esto nos permite pensar, junto con Svampa, que aquellos son más ciudades cerradas,  fortificaciones miniurbanas donde la ciudadanía es privada (Svampa:2001) y el territorio homogéneo.
Entonces la organización del hábitat incluye también una lucha por la apropiación de esas externalidades que dan valor a la experiencia urbana. Las ciudades cerradas  de Svampa son los recursos de reaseguro de acceso privilegiado a esas externalidades. Pero las ciudades cerradas son una forma de organización del hábitat también como lo piensa Robert: es posible que surjan acontecimientos inmobiliarios como los barrios cerrados, porque lo que ya ha perdido legitimidad es el concepto de ciudadanía social. En definitiva lo que emerge es la crisis estructural de un Estado que es incapaz de dar nombres y configurar sujetos.
La ironía no puede ser mejor: dicen Svampa y Robert que el imaginario sobre el que han construido su discurso  los habitantes (o aspirantes) de las ciudades cerradas es el del anhelo a una  vuelta a la vieja comunidad organizada (Svampa:2001) o bien al barrio de la infancia o la recreación de la polis (Robert: 1998). En ambos casos  pareciera que lo que se está repudiando es la falta de control, la falta de un orden garante, caos del que la ciudad abierta  es participe y creadora. Esta misma condición de heterogeneidad, que permite aquí encontrar un valor diferencial sobre el suelo urbano, aparece en ese discurso como la contingencia que se busca abandonar murallas para adentro. Sin embargo la ciudad y el capital necesitan de  ese libre concurrir de bienes y servicios para su reproducción ampliada (Toplav:1979; Jaramillo:1990). Esta contradicción, que es propia de las formas sociales que aparecen bajo el capitalismo, se interpreta como ineficacia del Estado (que no puede garantizar un orden) y consecuente omnipotencia del ciudadano privado. De ahí que las soluciones que emergen de ese discurso privatista no hagan otra cosa que seguir empeorando dichas contradicciones. En su aspirar a ser una ciudad que se encierra a si misma, el country esta propendiendo una forma de interacción con el espacio público que lo denigra y lo empobrece.
Finalmente, me interesar destacar de los autores citados su forma de hacer aparecer el objeto de estudio en el cruce de dos realidades. Es decir, destacar la forma en que comprenden los procesos urbanos: poniendo la mirada bifocal sobre la interacción entre las relaciones sociales y el espacio urbano. Con esa misma mirada bifocal intentará reconstruir mi documento-monumento elegido.

Cityscape: Ladrillos top. Ya en el texto de Robert se nos advierte que el proceso de amurallamiento, en una época proceso de suburbanización de las clases medias altas y altas, empieza a fines de los ‘90 a ser  exportable a las áreas urbanas. Tronador es “un country en la ciudad”. Y esto inaugura mucho más que una “ola” inmobiliaria que apunta a los nuevos consumidores de la Argentina devaluada. Si bien la existencia de countries en los suburbios ya estaba dando cuenta de la fragmentación social, la existencia de esta misma organización del espacio pero en la ciudad rompe con la heterogeneidad que solía caracterizar al espacio urbano. Tronador es una aldea de pocos, un espacio homogéneo para la gente correcta. Una isla de externalidades internalizadas de lujo. Una insolencia al espacio público. Es la inauguración de una segregación residencial, es decir, de un proceso de localización de las personas en la ciudad en espacios cada vez más homogéneos y diferenciados entre sí (Kaztman:2001).
Pensando a Tronador desde el concepto de Robert de organización del hábitat  y la forma de pensar el crecimiento de la ciudad, siempre en relación a la renta urbana, de Scobie, llegamos a la conclusión que Tronador es una estrategia de ocupación de espacio redonda: los  dueños de Tronador han comprado un edificio sobre una tierra con renta industrial para vender luego departamentos que ahora vendrán a soportar una renta de vivienda (mayor a la renta industrial); por otro lado Tronador está construido en un barrio residencial, de casa bajas, y donde está prohibida la construcción en altura, por lo tanto la aparición de un edificio, si bien bajo, con las mismas comodidades y lujos que una torre jardín, hacen aparecer sobre la tierra de Tronador una renta secundaria diferencial importante. 
Mindscape: Nuevo Nuñez. Como ciudad cerrada, hasta ahora hemos descripto sólo su cityscape excluyente e irrespetuoso. Pero cuál es el mindscape de esta ciudad posmoderna autoexcluida?
En Tronador la estrategia de ocupación del espacio es también una estrategia discursiva:  es la estrategia de la diferenciación. Tronador no tiene sólo dos gimnasios: tiene un gimnasio para “actividades cardiovasculares”, y otro para “prácticas orientales”.  No queda sólo en la ciudad, sino que sirve un sistema de charter opcional al centro. Y quizás tiene como mayor valor de uso simbólico diferencial el hecho de estar ubicado en “un barrio como los de antes”.  Como decíamos más arriba, el imaginario que permitió la creación de discursos privatistas de la experiencia habitacional se centran sobre este tipo de valores: la vuelta al barrio, la pequeña aldea, lo chiquito fácil de organizar y controlar.
Pero, ¿Qué pasa cuando un country se muda a un barrio tradicional? Tronador queda, según la nueva cartografía del marketing inmobiliario, en el Nuevo Nuñez. Ubicación que contrasta con lo que catastro y mis recuerdos de la infancia solían llamar Coghlan (me crié a cuadras de la fábrica de Nestle, mis padres aún hoy me cuentan del olor a chocolate, de la época en que las chimeneas si largaban humo). ¿Y por qué, si el barrio es lo valioso, hizo falta cambiarle el nombre? Porque Tronador no necesita de ese barrio, sino para aumentar su valor simbólico mediante una doble diferenciación: diferenciándose del resto de los edificios de lujo que por lo general se encuentran en barrios más densificados, pero también diferenciándose del barrio. Porque Tronador no es como el “barrio de antes”. Porque en Coghaln se juntaban en el colegio, en la plaza, en las calles y avenidas, en el uso de los servicios públicos, en su relación con el Estado, las distintas clases sociales.  Se hacía de Coghlan un uso público. En cambio, Nuevo Nuñez es puro diseño, puro mindscape egocéntrico, con el que un sector de la sociedad se apropia de ese barrio de mi infancia, para hacer con él un uso privado. Un uso privado que tiene por único fin la conservación del estilo de vida alcanzado.

Conlusiones. El discurso de la ciudad posmoderna habla entonces de un encierro del sujeto en sí mismo, del descreimiento a lo público y del temor al otro. Los barrios cerrados en la ciudad son mucho más que un nuevo producto que responde al mercado inmobiliario de la Argentina fragmentada, son el reflejo de un cambio en el plano de las relaciones sociales de nuestro país, dinamizada por un cambio de las mentalidades.
El mindscape de la ciudad posmoderna (y el de Tronador, claro) es el de una ciudad privada, ordenada, segura, homogénea, exclusiva, que prescinden del Estado. Pero este programa choca con un cityscape hostil a su pretensión en tanto sigue siendo heterogéneo, en tanto sigue conteniendo al otro, lo que hace que la estrategia de ocupación del espacio pase a ser una estrategia violenta de autoexclusión y cierre frente a la sociedad. Se le da la espalda a la solidaridad orgánica de la que habla Durkheim, y la sociedad se empobrece de sociabilidad, se vuelve irresponsable en cuanto deja de pensarse a sí misma. El discurso privatista piensa en primera persona.

El mindscape posmoderno recurre, entre otros discursos, a articulaciones que valoran lo privado por sobre lo público, y que pasan por el alto la pérdida que implica la segregación residencial. Este va a ser uno de los límites de la ciudad posmoderna: el otro. Y si antes el otro podía pensarse como la frontera desde donde pensar la propia identidad, la propia cultura, o la propia vida, en el mindscape posmoderno, el temor, la intolerancia, el descreimiento, la deslegitimidad, harán del otro un enemigo.
La segregación residencial va implicar una pérdida en tanto la experiencia se empobrece de variedad, de diferencia. Los hijos del country quizá nunca vayan a caminar por los pasillos fríos y llenos de eco del Teatro Colón. Así como tampoco lo hagan los hijos de la villa. Porque la segregación residencial significa una pérdida para la sociedad toda. En cuanto el Estado se aleja del espacio público, y a esto se le suma, no ya sólo la indiferencia, sino la negación activa de las clases medias altas y altas a la miseria que en ese espacio público pueda llegar a desarrollarse, los que pierden también son los pobres (Kaztman:2001).
Dos son los resultados-límites de la ciudad posmoderna: el de la segregación  residencial como estrategia de ocupación del espacio y el de la pérdida de sociabilidad como reemplazo a los acallados espacios públicos. En definitiva la virtud del aislamiento como respuesta, exclusiva de los que aun tienen la opción de tener opciones, a una crisis estructural del país, y por consiguiente del Estado.
Siempre existió en la ciudad de Buenos Aires diferentes estrategias de diferenciación entre las clases, pero bajo la tutela de un Estado integrador, nunca faltaron espacios públicos donde la socialización fuese conjunta. Hoy a la imagen de la Plaza de Mayo multiplicada en la presencia de miles de personas a la caza de su ciudadanía, de su inserción social, de su aceptación del pacto imaginario, se le puede contraponer un parque de 8.000 metros cuadrados, rejas para adentro, fragmentado en decenas de personas a la búsqueda de una nueva ciudadanía hecha a la medida de su propia soberanía.


[1] De la revista Poder y sociedad del día 18/09/2004, páginas 24-25/N62
[2] Tomado de Clarín del día 19/10/2004, La prensa del  29/10/2004, Poder y sociedad del día 18/09/2004 e InfoBae del día 22/10/2004.
[3] Se ha encomillado aquello que responde fielmente a la verbalización hecha en la gacetilla de prensa.

Datos personales

Análista Free-lance de Investigación Social y de Mercado