martes, 26 de septiembre de 2017

Interpretaciones de la “conducta desviada” y su relación con la “subcultura juvenil”

Temas como drogadicción y delincuencia se trataron en las ciencias sociales desde la perspectiva de la “desviación”. Se interpretaban, desde posturas funcionalistas, como conductas desviadas de la norma social, conductas que respondía a un proceso de desorganización social. Estas interpretaciones están ligadas a la forma de entender la vida en la ciudad y en especial en enclaves marginales. Para Park y Burguess (1925) los vínculos al interior de los sectores marginales están signados por la desorganización social, por la falta de norma y bases morales sobre las que construir vínculos de solidaridad e intercambio estables. “La desorganización también caracterizaba los elementos fragmentarios, fluidos y  anónimos de la vida urbana: los contactos son extendidos, los grupos heterogéneos se entremezclan, los barrios se diluyen, y las personas, privadas de vínculos locales y familiares son forzadas a vivir en relaciones lábiles, transitorias e impersonales” (Park y Burguess: Ibíd.).
Sin embargo, diversos estudios de campo de la Escuela de Chicago criticaron estas interpretaciones al decir que en verdad en las zonas marginales no hay un vacío de estructura moral sino formas morales y de solidaridad distintas y autónomas respecto a formas culturales interpretadas como globales. Esta segunda interpretación toma la idea de “subculturas” para hablar de estas formas de organización marginales, independientes y condicionada por las formas de existencia de la gente que finalmente construyen un conjunto específico y propio de valores y normas morales.
En este sentido Shaw y Mackay (1942) señalan que el delito es resultado de condiciones ambientales marginales donde existe una “subcultura” que aprueba el delito como forma alternativa de vida, y que por lo tanto lo trasmite como valor de padres a hijos. “(…) se desprende que las variaciones contextuales en la conducta de los niños, expresadas en tasas diferenciales de delito, reflejan las diferencias en valores sociales, normas y actitudes a la que los niños están expuestos” (Shaw y McKay: Ibíd.). De esta forma el delito es un componente de una subcultura, y por lo tanto una forma específica de organizarse en un espacio social puntual. “En estas comunidades muchos chicos encuentran sistemas competitivos de valores. Su comunidad que provee la mayoría de las formas sociales en términos de las cuales su vida será organizada, presenta posibilidades conflictivas” (Shaw y MacKay: Ibíd.)
Se señala entonces una relación entre el contexto ambiental (entorno natural y social), la generación de ciertas prácticas de respuesta y la reproducción de valores sociales. Un entorno marginal generaría prácticas marginales porque el abanico de posibilidades legales (o morales según una moral convencional) como estrategias de vida es reducido. Un ejemplo claro es respecto al trabajo: frente a la dificultad para conseguir empleos formales se recurre a las changas u otras formas de informalidad para trabajar. En palabras de Cohen: “nuestro punto de partida es el supuesto psicogenético de que toda la acción humana –no solo el delito—deviene del intento de resolver problemas” (Cohen:2002).
De esta manera lo que antes era visto como signo de desorganización social debe entenderse como una forma alternativa de organización. La informalidad, la precaridad, la delincuencia e incluso la drogadicción se presentan entonces como “organizadores” de los vínculos sociales. Esto implica no verlos como una realidad marginal o sólo desde la perspectiva del problema social, que es como lo interpreta la cultura convencional, sino como formas de organización de que generan vínculos y valores repercutiendo en otros aspectos de la vida de esa comunidad. Por ejemplo, dentro de las villas los robos entre vecinos implican un tipo de solidaridad negativa (Puex:2003) recurrente que previene un tipo de violencia mayor: un vecino sabe dónde ir a buscar su objeto robado, que recupera comprando nuevamente, a un precio menor, a una banda de delincuentes que de otra manera recurrirían a un tipo de violencia peor.
Un aspecto interesante de esta perspectiva es su relación con el mundo del consumo y el estatus tal como hoy en día se presenta. Para Shaw y McKay (Ibíd.) todos los individuos persiguen el reconocimiento, ya sea por medio del consumo de bienes (simbólicos y materiales) o por el ejercicio del poder, y para ello existen una serie de medios convencionales para obtener este prestigio. Los cuales entre los marginales escasean y por lo tanto deben recurrir a otros medios, informales o ilegales. Actualmente los medios para obtener prestigio se concentra casi exclusivamente en la posesión de bienes a partir de un consumo exacerbado, lo que deja en una situación aun peor a los marginales, que deben recurrir a estrategias informales e ilegales de consumo. En este contexto el consumo de droga o sustancias ilegales se puede interpretar como una estrategia de la “subcultura” marginal para acceder a formas de prestigio.
Como señala Cohen (Ibíd.) los sujetos cuentan con un marco de referencia (de valores y prácticas deseables) para interpretar sus problemas y sus posibles soluciones. Por lo tanto “nuestros verdaderos problemas son aquellos para los que no tenemos a mano soluciones preestablecidas. (…) Se sigue que una solución efectiva, realmente satisfactoria debe involucrar algún cambio en ese marco de referencia. El actor puede desistir de una meta que parece inalcanzable, pero esto no es una solución a menos que se convenza de que esa meta, después de todo, no vale la pena; en breve, sus valores deben cambiar”. Esto señala la intensa relación entre el contexto cultural y las prácticas delictivas: en tanto la cultural popular y masiva siga mostrando como deseable la posesión de ciertos bienes y estilos de vida (y por lo tanto como problema la imposibilidad de consumir), seguirán surgiendo métodos alternativos para su apropiación por parte de aquellos en una situación desigual de recursos.
Otra perspectiva de la antropología y sociología urbana para explicar la “desviación” es la del “conflicto cultural”. Las áreas marginales son de mucha heterogeneidad social y alta movilidad (poca permanencia en el lugar) lo que imposibilitaría la cohesión social, especialmente entre distintas lógicas culturales. De esta forma los jóvenes que crecen en el medio de estas culturas en conflictos tienen problemas para construir un marco de referencia de valores y prácticas deseables. Según Cohen (Ibíd.) esto podría explicar la emergencia de una nueva cultura, con su definición específica del bien y el mal, pero no necesariamente del delito. Entre las diferentes culturas existe una idea del mal que muchas veces se comparte con otras. Cohen quiere destacar el carácter positivo de las “subculturas”, es decir prescriptivo y productivo: el conflicto cultural no deja un vacío sino al contrario plantea nuevas normas morales. Estas normas morales, propias del grupo, son las mismas que regulan la innovación en las respuestas al conflicto. En este punto Cohen introduce un margen de libertad individual por sobre el marco cultural, en tanto los actores tienen posibilidad de dar respuestas innovadoras, distintas a las contempladas en su marco de referencia. Sin embargo, la respuesta innovadora deberá estar siempre dentro del margen de tolerancia social, deberá ser aceptada por nuestra comunidad y nuestros vínculos de solidaridad, o caerá bajo sanción. De esta forma podemos diferenciar entre prácticas ilegales e ilegítimas: la delincuencia y la drogadicción (señaladas como prácticas ilegales) están extendidas como forma de respuestas y por lo tanto se deben pensar antes como parte del marco de tolerancia social que como formas de respuestas innovadoras, es decir eventuales, marginales y factibles de sanción.
Esto señala la relevancia del grupo de referencia para legitimar los marcos de acción. Sin embargo, Cohen (Ibíd.) señala que en situaciones donde los valores y las prácticas deseables no dan una respuesta satisfactoria el sujeto preferirá antes que dar una respuesta individual innovadora mudar de grupo de referencia en busca de un marco que aporte una mejor solución. Esto nos puede ayudar a pensar algunas situaciones de la adolescencia, momento en que se presentan problemas y situaciones nuevas y donde el marco de referencia, de la familia y el ámbito institucional, aparecen como poco satisfactorios para el joven. Entones el grupo de pares emerge como un nuevo grupo de referencia que marcará nuevas soluciones en un proceso de exploración  y elaboración conjunta. De este proceso emerge una “subcultura”: la subcultura juvenil, con sus propios estándares y normas que sólo resultan ventajosas para el grupo. Sin embargo, repensando a Cohen en el marco de la subcultura juvenil, debemos relativizar el grado de autonomía en tanto los sectores juveniles encuentran en la industria cultural un poderoso interlocutor, que también podría estar operando en la construcción del marco de referencia. Esto plantea un punto de partida para la investigación.


Bibliografía:
§  Puex, Natalie. Miseria del Conourbano Bonaerense.’ En: Isla, A.; Miguez, D. (comps.), Heridas Urbanas. Violencia Delictiva y Transformaciones Sociales en los Noventa, FLACSO/Editorial de la Ciencia, 2003, Buenos Aires
§  Park, Robert; Burguess, Ernest; McKenzie, Roderick. The City, University of Chicago Press, 1925, Chicago
§  Shaw, Clifford; Mckay, Henry. Juvenile Delinquency and Urban Areas, University of Chicago Press. 1942, Chicago

§  Cohen, Stanley. Symbols of Trouble: Introduction to the Second Edition. En: Folk Devils and Moral Panics, Routledge, 2002, Londres

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Análista Free-lance de Investigación Social y de Mercado