Temas como
drogadicción y delincuencia se trataron en las ciencias sociales desde la
perspectiva de la “desviación”. Se interpretaban, desde posturas
funcionalistas, como conductas desviadas de la norma social, conductas que
respondía a un proceso de desorganización social. Estas interpretaciones están
ligadas a la forma de entender la vida en la ciudad y en especial en enclaves
marginales. Para Park y Burguess (1925) los vínculos al interior de los
sectores marginales están signados por la desorganización social, por la falta
de norma y bases morales sobre las que construir vínculos de solidaridad e
intercambio estables. “La desorganización también caracterizaba los elementos
fragmentarios, fluidos y anónimos de la
vida urbana: los contactos son extendidos, los grupos heterogéneos se
entremezclan, los barrios se diluyen, y las personas, privadas de vínculos
locales y familiares son forzadas a vivir en relaciones lábiles, transitorias e
impersonales” (Park y Burguess: Ibíd.).
Sin embargo,
diversos estudios de campo de la
Escuela de Chicago criticaron estas interpretaciones al decir
que en verdad en las zonas marginales no hay un vacío de estructura moral sino
formas morales y de solidaridad distintas y autónomas respecto a formas
culturales interpretadas como globales. Esta segunda interpretación toma la
idea de “subculturas” para hablar de estas formas de organización marginales,
independientes y condicionada por las formas de existencia de la gente que
finalmente construyen un conjunto específico y propio de valores y normas
morales.
En este sentido
Shaw y Mackay (1942) señalan que el delito es resultado de condiciones
ambientales marginales donde existe una “subcultura” que aprueba el delito como
forma alternativa de vida, y que por lo tanto lo trasmite como valor de padres
a hijos. “(…) se desprende que las variaciones contextuales en la conducta de
los niños, expresadas en tasas diferenciales de delito, reflejan las
diferencias en valores sociales, normas y actitudes a la que los niños están
expuestos” (Shaw y McKay: Ibíd.). De esta forma el delito es un componente de
una subcultura, y por lo tanto una forma específica de organizarse en un
espacio social puntual. “En estas comunidades muchos chicos encuentran sistemas
competitivos de valores. Su comunidad que provee la mayoría de las formas
sociales en términos de las cuales su vida será organizada, presenta
posibilidades conflictivas” (Shaw y MacKay: Ibíd.)
Se señala
entonces una relación entre el contexto ambiental (entorno natural y social),
la generación de ciertas prácticas de respuesta y la reproducción de valores
sociales. Un entorno marginal generaría prácticas marginales porque el abanico
de posibilidades legales (o morales según una moral convencional) como
estrategias de vida es reducido. Un ejemplo claro es respecto al trabajo:
frente a la dificultad para conseguir empleos formales se recurre a las changas
u otras formas de informalidad para trabajar. En palabras de Cohen: “nuestro
punto de partida es el supuesto psicogenético de que toda la acción humana –no
solo el delito—deviene del intento de resolver problemas” (Cohen:2002).
De esta manera
lo que antes era visto como signo de desorganización social debe entenderse
como una forma alternativa de organización. La informalidad, la precaridad, la
delincuencia e incluso la drogadicción se presentan entonces como
“organizadores” de los vínculos sociales. Esto implica no verlos como una
realidad marginal o sólo desde la perspectiva del problema social, que es como
lo interpreta la cultura convencional, sino como formas de organización de que
generan vínculos y valores repercutiendo en otros aspectos de la vida de esa
comunidad. Por ejemplo, dentro de las villas los robos entre vecinos implican
un tipo de solidaridad negativa (Puex:2003) recurrente que previene un tipo de
violencia mayor: un vecino sabe dónde ir a buscar su objeto robado, que
recupera comprando nuevamente, a un precio menor, a una banda de delincuentes
que de otra manera recurrirían a un tipo de violencia peor.
Un aspecto
interesante de esta perspectiva es su relación con el mundo del consumo y el
estatus tal como hoy en día se presenta. Para Shaw y McKay (Ibíd.) todos los
individuos persiguen el reconocimiento, ya sea por medio del consumo de bienes
(simbólicos y materiales) o por el ejercicio del poder, y para ello existen una
serie de medios convencionales para obtener este prestigio. Los cuales entre
los marginales escasean y por lo tanto deben recurrir a otros medios,
informales o ilegales. Actualmente los medios para obtener prestigio se
concentra casi exclusivamente en la posesión de bienes a partir de un consumo
exacerbado, lo que deja en una situación aun peor a los marginales, que deben
recurrir a estrategias informales e ilegales de consumo. En este contexto el
consumo de droga o sustancias ilegales se puede interpretar como una estrategia
de la “subcultura” marginal para acceder a formas de prestigio.
Como señala
Cohen (Ibíd.) los sujetos cuentan con un marco de referencia (de valores y
prácticas deseables) para interpretar sus problemas y sus posibles soluciones.
Por lo tanto “nuestros verdaderos problemas son aquellos para los que no
tenemos a mano soluciones preestablecidas. (…) Se sigue que una solución
efectiva, realmente satisfactoria debe involucrar algún cambio en ese marco de
referencia. El actor puede desistir de una meta que parece inalcanzable, pero
esto no es una solución a menos que se convenza de que esa meta, después de
todo, no vale la pena; en breve, sus valores deben cambiar”. Esto señala la
intensa relación entre el contexto cultural y las prácticas delictivas: en tanto
la cultural popular y masiva siga mostrando como deseable la posesión de
ciertos bienes y estilos de vida (y por lo tanto como problema la imposibilidad
de consumir), seguirán surgiendo métodos alternativos para su apropiación por
parte de aquellos en una situación desigual de recursos.
Otra perspectiva
de la antropología y sociología urbana para explicar la “desviación” es la del
“conflicto cultural”. Las áreas marginales son de mucha heterogeneidad social y
alta movilidad (poca permanencia en el lugar) lo que imposibilitaría la
cohesión social, especialmente entre distintas lógicas culturales. De esta
forma los jóvenes que crecen en el medio de estas culturas en conflictos tienen
problemas para construir un marco de referencia de valores y prácticas deseables.
Según Cohen (Ibíd.) esto podría explicar la emergencia de una nueva cultura,
con su definición específica del bien y el mal, pero no necesariamente del
delito. Entre las diferentes culturas existe una idea del mal que muchas veces
se comparte con otras. Cohen quiere destacar el carácter positivo de las
“subculturas”, es decir prescriptivo y productivo: el conflicto cultural no
deja un vacío sino al contrario plantea nuevas normas morales. Estas normas
morales, propias del grupo, son las mismas que regulan la innovación en las
respuestas al conflicto. En este punto Cohen introduce un margen de libertad
individual por sobre el marco cultural, en tanto los actores tienen posibilidad
de dar respuestas innovadoras, distintas a las contempladas en su marco de
referencia. Sin embargo, la respuesta innovadora deberá estar siempre dentro
del margen de tolerancia social, deberá ser aceptada por nuestra comunidad y
nuestros vínculos de solidaridad, o caerá bajo sanción. De esta forma podemos
diferenciar entre prácticas ilegales e ilegítimas: la delincuencia y la
drogadicción (señaladas como prácticas ilegales) están extendidas como forma de
respuestas y por lo tanto se deben pensar antes como parte del marco de
tolerancia social que como formas de respuestas innovadoras, es decir
eventuales, marginales y factibles de sanción.
Esto señala la
relevancia del grupo de referencia para legitimar los marcos de acción. Sin
embargo, Cohen (Ibíd.) señala que en situaciones donde los valores y las
prácticas deseables no dan una respuesta satisfactoria el sujeto preferirá
antes que dar una respuesta individual innovadora mudar de grupo de referencia
en busca de un marco que aporte una mejor solución. Esto nos puede ayudar a
pensar algunas situaciones de la adolescencia, momento en que se presentan
problemas y situaciones nuevas y donde el marco de referencia, de la familia y
el ámbito institucional, aparecen como poco satisfactorios para el joven.
Entones el grupo de pares emerge como un nuevo grupo de referencia que marcará
nuevas soluciones en un proceso de exploración
y elaboración conjunta. De este proceso emerge una “subcultura”: la
subcultura juvenil, con sus propios estándares y normas que sólo resultan
ventajosas para el grupo. Sin embargo, repensando a Cohen en el marco de la
subcultura juvenil, debemos relativizar el grado de autonomía en tanto los
sectores juveniles encuentran en la industria cultural un poderoso
interlocutor, que también podría estar operando en la construcción del marco de
referencia. Esto plantea un punto de partida para la investigación.
Bibliografía:
§ Puex, Natalie. Miseria del Conourbano Bonaerense.’ En: Isla, A.;
Miguez, D. (comps.), Heridas Urbanas. Violencia Delictiva y Transformaciones
Sociales en los Noventa, FLACSO/Editorial de la Ciencia , 2003, Buenos
Aires
§ Park, Robert; Burguess, Ernest;
McKenzie, Roderick. The City, University
of Chicago
Press, 1925, Chicago
§ Shaw, Clifford; Mckay, Henry. Juvenile Delinquency and Urban Areas, University of Chicago Press. 1942, Chicago
§ Cohen, Stanley. Symbols of Trouble:
Introduction to the Second Edition. En: Folk
Devils and Moral Panics, Routledge, 2002, Londres
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