Profundizando en la constitución de este
estilo veremos que la elección de los símbolos y la forma en que son combinados
buscan significar una posición particular en la estructura social, que en
algunos casos implica un intento de acercamiento y clausura respecto a otras
clases, y en otros se trata de un intento ambiguo de legitimación de la propia
posición.
En este sentido, la estética flogger se construye a partir de un
proceso de sobre-adaptación (Cohen, 1997), desde una cultura del exceso, a lo
que se percibe como gustos y estilo de vida de una clase media alta centrada en
la estética. Esta sobre-adaptación está intermediada por una lectura deficiente, según los parámetros
de la clase que sirve de modelo: adoptan estilos de habla, imitan tonadas y
ciertas expresiones; gustos musicales, como la música electrónica; un estilo de
vestir a base de colores llamativos, consumo de marcas de Shopping, zapatillas de marca; y lugares de salidas, como boliches
de electrónica y raves; todos estos
consumos asociados, aunque sea imaginariamente, a una clase social superior y
usados de manera excesiva. A su vez, se muestran como “fashion victims”, consumidores excesivos de lo último de la moda.
Por otro lado, su nombre hace referencia a la posesión de una computadora, de
acceso a Internet, como de una cámara digital. El nombre, en inglés, busca dar
cuenta de la experiencia como nativos digitales expertos. El estilo de vida flogger está asociado a lo cosmopolita,
a lo nuevo y a las tendencias en tecnología; al ocio y el consumo excesivo, así
como al festejo de la propia imagen, da ahí la importancia para el estilo de la
forma en que se lleva el pelo, el maquillaje y la combinación de colores. Es un
estilo de vida donde todo parece ser tiempo de recreo y disfrute, donde no hay
lugar para las preocupaciones sino para el goce estético.
Sin embargo, esta lógica de “imitación que se
sobrepasa” o sobre-adaptación que recorre el tipo de bricolage (Clarke, 2003; Hebdige, 2002) que realizan los floggers los convierte en uno de los
estilos juveniles más cuestionados: la mayoría de nuestros entrevistados dieron
opiniones muy negativas sobre el estilo “floggers” y sus consumidores. En el
caso de las clases más bajas, los floggers, y Cumbio como personaje mediático
emergente del prototipo flogger, son vistos como grupos sociales superiores, o
que se creen superiores. Mientras que para las clases más acomodadas, el
flogger aparece como un grupo social inferior que intenta deficientemente
hacerse pasar por cheto.
Según nivel socioeconómico se encuentran
distintas explicaciones del rechazo a la estética flogger. En los sectores
medios típicos, segmento al que pertenecía la mayoría de los floggers que observamos en el campo, los
motivos de dicha crítica es que se percibe como una estética pretenciosa, poco
sincera. Utilizan expresiones como “están disfrazados”, “son payasos”,
“ridículos”, que dan cuenta de una percepción del estilo como máscara, como
disfraz social. Si tenemos en cuenta lo señalado arriba sobre cómo se entiende
la identidad, en el caso de los floggers
las críticas están orientadas a lo que se percibe como un alejamiento de la esencia
de esos jóvenes, como un falseamiento de la identidad.
Con más fuerza en los niveles medios bajos,
pero también en niveles medios típicos, encontramos un rechazo puntual hacia
los varones floggers. Este rechazo
proviene de la percepción de que estos jóvenes no respetan los valores
tradicionales de adscripción al género, al “ser varón”. Se los describe poco
masculinos, siguiendo valores percibidos como típicamente femeninos, tales como
la coquetería, la preocupación por la estética, el uso expresivo del cuerpo,
entre otras prácticas.
Desde los sectores medios altos las críticas
se dirigen hacia un desprestigio de la estrategia de construcción de este
estilo. Se reconoce la intención de imitación del propio estilo de vida, lo que
se interpreta como deficiente y hasta ofensivo, en tanto devalúa el valor de
distinción del segmento social emulado. Los floggers
son vistos como una mala imitación de lo que es realmente ser de clase media
alta o, lo que es lo mismo acá, ser un consumidor competente, como plantea Bauman
(2000). De esta forma se busca deslegitimar el mecanismo de distinción del
estilo flogger, para reafirmar la
propia distinción justificándola en el habitus:
es decir en la naturalidad con la
que se hace y se piensa como sujeto de clase media alta, aquel que representa
el perfil de consumidor ideal.
Es interesante en este sentido la crítica que
se observa en segmentos de clase media baja y baja respecto de que los floggers son chetos. Esta clasificación estaría confirmando la efectividad del
proceso de distinción de los floggers,
proceso a la vez impugnado por la clase media alta. Para los chicos de menores
recursos la accesibilidad de la que da cuenta el estilo flogger, aunque sea imaginariamente, es percibida como una
distancia social efectiva.
De manera transversal a todos los segmentos
sociales, otra fuente de rechazo al estilo flogger
es que se asocia a chicos más chicos, menores de quince años, chicos más
inseguros, que aun no han encontrado su estilo y deben recurrir a lo que la
moda dicta. Estas críticas están en sintonía con el argumento que supone que se
trata de un estilo poco auténtico.
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