martes, 7 de junio de 2016

Análisis de una subcultura juvenil del post-trabajo argentino: los floggers (un texto de 2011)




Profundizando en la constitución de este estilo veremos que la elección de los símbolos y la forma en que son combinados buscan significar una posición particular en la estructura social, que en algunos casos implica un intento de acercamiento y clausura respecto a otras clases, y en otros se trata de un intento ambiguo de legitimación de la propia posición.
En este sentido, la estética flogger se construye a partir de un proceso de sobre-adaptación (Cohen, 1997), desde una cultura del exceso, a lo que se percibe como gustos y estilo de vida de una clase media alta centrada en la estética. Esta sobre-adaptación está intermediada por una lectura deficiente, según los parámetros de la clase que sirve de modelo: adoptan estilos de habla, imitan tonadas y ciertas expresiones; gustos musicales, como la música electrónica; un estilo de vestir a base de colores llamativos, consumo de marcas de Shopping, zapatillas de marca; y lugares de salidas, como boliches de electrónica y raves; todos estos consumos asociados, aunque sea imaginariamente, a una clase social superior y usados de manera excesiva. A su vez, se muestran como “fashion victims”, consumidores excesivos de lo último de la moda. Por otro lado, su nombre hace referencia a la posesión de una computadora, de acceso a Internet, como de una cámara digital. El nombre, en inglés, busca dar cuenta de la experiencia como nativos digitales expertos. El estilo de vida flogger está asociado a lo cosmopolita, a lo nuevo y a las tendencias en tecnología; al ocio y el consumo excesivo, así como al festejo de la propia imagen, da ahí la importancia para el estilo de la forma en que se lleva el pelo, el maquillaje y la combinación de colores. Es un estilo de vida donde todo parece ser tiempo de recreo y disfrute, donde no hay lugar para las preocupaciones sino para el goce estético.
Sin embargo, esta lógica de “imitación que se sobrepasa” o sobre-adaptación que recorre el tipo de bricolage (Clarke, 2003; Hebdige, 2002) que realizan los floggers los convierte en uno de los estilos juveniles más cuestionados: la mayoría de nuestros entrevistados dieron opiniones muy negativas sobre el estilo “floggers” y sus consumidores. En el caso de las clases más bajas, los floggers, y Cumbio como personaje mediático emergente del prototipo flogger, son vistos como grupos sociales superiores, o que se creen superiores. Mientras que para las clases más acomodadas, el flogger aparece como un grupo social inferior que intenta deficientemente hacerse pasar por cheto.
Según nivel socioeconómico se encuentran distintas explicaciones del rechazo a la estética flogger. En los sectores medios típicos, segmento al que pertenecía la mayoría de los floggers que observamos en el campo, los motivos de dicha crítica es que se percibe como una estética pretenciosa, poco sincera. Utilizan expresiones como “están disfrazados”, “son payasos”, “ridículos”, que dan cuenta de una percepción del estilo como máscara, como disfraz social. Si tenemos en cuenta lo señalado arriba sobre cómo se entiende la identidad, en el caso de los floggers las críticas están orientadas a lo que se percibe como un alejamiento de la esencia de esos jóvenes, como un falseamiento de la identidad.
Con más fuerza en los niveles medios bajos, pero también en niveles medios típicos, encontramos un rechazo puntual hacia los varones floggers. Este rechazo proviene de la percepción de que estos jóvenes no respetan los valores tradicionales de adscripción al género, al “ser varón”. Se los describe poco masculinos, siguiendo valores percibidos como típicamente femeninos, tales como la coquetería, la preocupación por la estética, el uso expresivo del cuerpo, entre otras prácticas.
Desde los sectores medios altos las críticas se dirigen hacia un desprestigio de la estrategia de construcción de este estilo. Se reconoce la intención de imitación del propio estilo de vida, lo que se interpreta como deficiente y hasta ofensivo, en tanto devalúa el valor de distinción del segmento social emulado. Los floggers son vistos como una mala imitación de lo que es realmente ser de clase media alta o, lo que es lo mismo acá, ser un consumidor competente, como plantea Bauman (2000). De esta forma se busca deslegitimar el mecanismo de distinción del estilo flogger, para reafirmar la propia distinción justificándola en el habitus: es decir en la naturalidad con la que se hace y se piensa como sujeto de clase media alta, aquel que representa el perfil de consumidor ideal.
Es interesante en este sentido la crítica que se observa en segmentos de clase media baja y baja respecto de que los floggers son chetos. Esta clasificación estaría confirmando la efectividad del proceso de distinción de los floggers, proceso a la vez impugnado por la clase media alta. Para los chicos de menores recursos la accesibilidad de la que da cuenta el estilo flogger, aunque sea imaginariamente, es percibida como una distancia social efectiva.
De manera transversal a todos los segmentos sociales, otra fuente de rechazo al estilo flogger es que se asocia a chicos más chicos, menores de quince años, chicos más inseguros, que aun no han encontrado su estilo y deben recurrir a lo que la moda dicta. Estas críticas están en sintonía con el argumento que supone que se trata de un estilo poco auténtico.

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Análista Free-lance de Investigación Social y de Mercado